Guitarra sanadora

Sí, la música sana. Pink Floyd -sin roger waters please– me acompañó siempre y fundamentalmente en épocas especialísimas. Cuanta música, cuanto arte, las letras, los shows únicos hasta hoy.
El sonido de la guitarra de David Gilmour es absolutamente cósmico y sanador, delfínico, me encanta! que bien me hace! También los teclados de Rick Wright espectaculares 🙂

En esta oportunidad dos artistas _que actorazo benedict!_, que momento! A disfrutarlo 🙂

¡este en ocasión de los 50 años de la fender stratocaster, mamita, directo al chacra cardíaco, que genio!

Amor incondicional y reciprocidad

“Entre tantas plagas psicológicas que cada tanto asolan a nuestra sociedad, muchas parecen sublimes, y sin embargo no lo son, sobre todo debido a una mala interpretación de conceptos, a una exageración de sus virtudes, o a la confusión que genera en quien intenta poner en práctica sus enunciados por no poder discernir cuándo se trata de algo sano y cuándo de algo que enferma.
Una de ellas es el concepto de “amor incondicional”. Se instaló como una gata que sabe que ese es su almohadón y que nadie la sacará de allí, dueña y señora, en este caso a través de best sellers varios. Y muchas personas pusieron su fe en esa idea para llevarla a la pareja, la familia, la amistad. “Ah, con razón no me funcionaba el vínculo!” , se dijeron. Y empezaron a realizar la “práctica del amor incondicional” (de un modo confuso y con mucha frecuencia realmente erróneo; también yo, hace muchos años!): No poner límites por “comprender al otro”, decir siempre que sí aunque se quisiera decir que no para “darse totalmente”, aceptar la demanda excesiva del otro “renunciando a sí mismo” (aunque el hijo, la pareja o el vecino se conviertan en el pequeño-gran tirano de nuestra vida, gracias a nuestra actitud), y, sobre todo, coronando cada gesto con el gran slogan del “amor incondicional”: “sin esperar nada a cambio”.

A lo largo de tantos años de ejercer como docente en Psicología Transpersonal y como terapeuta he visto más gente dañada por esta idea equivocada del “amor incondicional” que por muchos otros males… Abuso psicológico, hijos híper-demandantes, dificultad para establecer qué se quiere y qué no, falta de autoafirmación y de afecto hacia sí mismo, descuido personal, enfermedades psicosomáticas derivadas de la actitud de “aguantar para amar” (¿?).
El amor incondicional es otra cosa. Y, en los vínculos cotidianos, para no polarizarse hacia una disposición que nos haga daño (y malogre vínculos que podrían aún ser sanos) requiere que instalemos en nuestra vida a su hermana gemela: la reciprocidad. La reciprocidad mínima es el simple “gracias”: el reconocimiento afectivo de que se está recibiendo. (Hasta una animal tiene dentro de sí el circuito emocional para ser sumamente expresivo en dar las gracias! Cómo no lo ha de tener el animal humano que somos?).

Otras reciprocidades incluyen que si el otro está haciendo algo por mí, me dispondré a aliviarle la vida en lo que esté a mi alcance: así forjaremos alianzas de fortaleza para transitar por este mundo (algo a veces tan difícil). Las familias, amistades y parejas que conozco como admirables tienen esa condición (aún con hijos pequeños). Se reconocen mutuamente y se agradecen, se hacen pequeños o grandes favores, se brindan gestos de apoyo, si la madre cocina los hijos barren el comedor y el padre lava los platos… y la última expresión del día es algo así como“Gracias por todo lo que hoy me diste”.

Y también mencionémoslo: cuando la amistad o la relación de pareja carece de gestos de reciprocidad necesitamos dejar de negarlo: reconocer que se ha vuelto un amor unilateral (no incondicional!). Y que debemos plantearlo para ver si es posible transformar ese vínculo, cambiar nuestra actitud, y estar dispuestos a que si esa reciprocidad no puede forjarse… el vínculo, en realidad, no existe: estamos solos, aunque estemos con otro. Como dice Don José Larralde: “Pero es más soledad todavía / la soledad de dos, en compañía.” Y eso daña. Como daña! Si no es posible transformación alguna, habrá entonces que emprender el camino del soltar…

Salvo excepciones, nadie está en condiciones de tanta carencia como para no ser recíproco, al menos, con un “gracias”, mirando a los ojos, sintiéndolo de verdad.

Quiero compartirles hoy una historia real, contada por Dulcina Fonseca García, que nos habla de esa reciprocidad, de esa gratitud:
“Después de 11 años trabajando como médico en uno de los países que hemos bautizado como ‘Tercer Mundo’, debí volver a mi casa por asuntos personales.
En una cena familiar, un pariente cercano me preguntó que para qué había estudiado Medicina si estaba malviviendo en una zona perdida de la selva. Sin siquiera darme tiempo a responder, justificaba socarronamente su duda afirmando que, para vivir así, mejor me hubiera hecho misionera y no habría tenido que ¿malgastar? los mejores años de mi juventud estudiando.
Lo realmente curioso es que casi todos los allí presentes le daban la razón haciéndome sentir un animal raro.
Quizá yo pensaría como ellos si me faltase la experiencia de estos años: muchos pacientes han llegado a ofrecerme un plátano como agradecimiento por haber ayudado en un parto o haber aliviado un dolor innecesario de una enfermedad incurable.
Un simple plátano, qué miseria para nuestros estómagos saciados, ¿verdad?. Lo que muchos no saben es que dos plátanos son la cena incluso la comida de un día completo de un matrimonio con tres niños. Sin embargo, en una acción de máxima gratitud (eso que a los occidentales nos falta) han reconocido mi modesto trabajo compartiendo conmigo lo máximo que tienen. ¿Puede un profesional sentir mayor satisfacción?”

© Virginia Gawel

Un proceso natural

“El cambio de conciencia ya no puede ser abordado en el marco restringido de un camino estrictamente “espiritual”, como hacíamos en el pasado.
Hoy día es un proceso natural a través del cual va a tener que pasar la raza humana si quiere sobrevivir. Son ya muchas las personas que, de un modo u otro, se interesan por los procesos de conciencia.
Cada vez son más las que sienten, de forma intuitiva, que para hacer frente a los cambios acelerados y fundamentales del mundo contemporáneo es preciso funcionar de otra manera y encontrar otras respuestas al gran misterio de la vida.

flor

Soplan vientos nuevos, y muy fuertes. Un gran número de seres así lo siente en su corazón: el intenso deseo de una vida nueva. Estamos preparados para descubrir y llevar a la práctica un modo distinto de organizar nuestra vida, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestro tiempo libre, en pocas palabras, vivir con mayor plenitud. Queremos que nuestra vida tenga un sentido más profundo, más satisfactorio y sencillo; queremos vivir en paz y libertad, tanto personal como colectivamente.”

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Del libro El maestro del corazón
adaptado por Aién

Subpersonalidades

“Yo” no soy Juana de Arco

“No importa cuán pequeño sea: lo que uno alimenta, crece. Si alimento mis celos, mi habilidad para manipular o la tendencia a chismorrear, crecerán como el baobab de“El Principito”, y asfixiarán a mi planeta; si alimento mi espíritu de perseverancia, mi empeño por servir, mi capacidad de contento… (todos los días un poco) también se fortalecerán … y me darán sorpresas! Nuestra actitud alimenta partes de lo que somos (pues estamos constituidos por partes! Esto es así hasta a nivel cerebral:cada parte de lo que llamamos “Yo” es un pequeño “yo” en sí mismo: mi parte sensible se sorprende ante mi parte mental, mi parte laxa ante mi parte enérgica, la que toma decisiones prontamente se irrita con la que posterga hasta el infinito…).

Somos partes. Muchas, y contradictorias entre sí… hasta que se vuelven mutuamente colaboradoras: la parte que sabe postergar pone coto a la trabajólica que no puede dejar para después, y firman un acuerdo de salud y cordura; la parte mental le ayuda a la sensible para no desangrarse ante el mundo, en tanto que la parte sensible condimenta a la mental para que evite quedarse boyando en abstracciones que no mejoran al mundo de nadie…
Esta visión de las subpersonalidades es muy antigua en el estudio del psiquismo humano; quien le dio forma para la Psicología de Occidente fue hacia 1910 un psiquiatra italiano, el Dr. Roberto Assagioli (creador de lo que llamó “Psicosíntesis”). Tomando conocimientos de distintas tradiciones, enunció esas bases que luego serían parte de los cimientos de la Psicología Transpersonal para invitar a un trabajo de auto observación cotidiana, de conocimiento preciso de esas distintas partes de sí (o de los pacientes, si de terapia se trata). Un punto crucial, al respecto, es el de la identificación: si me identi-fico (“fijo mi identidad”) en una parte de mí, y excluyo sus posibles opuestos complementarios… ésta crece invadiendo mi vida, generándome problemas!!

Yo misma he sido, por ejemplo, alguna vez, una Juana de Arco tan valerosa como (en mi caso) necia, inmolándose por aquellos a quienes sólo debía ayudar (no “salvar”! Es más: encendí la llama y preparé mi propia hoguera, prolijamente, como si fuera ése mi único destino. Estaba, solamente, identificada con que “tenía que hacerlo así”! Resultado. Ardí. Me incineré. Me dolió. Me morí. Resucitadamente digo hoy: “Juana de Arco” es sólo una parte de mí! Si me identifico y la vuelvo “mi Yo”… pierdo la salud, el tiempo, la vida, por causas que no valen ni un fósforo… Para ello tuve que alimentar, por aquellos tiempos, otra parte de mí que estaba menuda, autodescalificada, anémica y en un rincón: mi parte autocuidadora.

Cerebralmente, los aspectos de sí que más entrenamos implican circuitos neuronales que realizan una conexión más cotidiana, y sólo por hábito me generan “sabor a mí”, como dice el bolero. Pero si empiezo a ejercitar otras partes, éstas modularán los inadvertidos excesos que cometemos desde las partes más habituales; ejercitándolas, las volveremos más fuertes, ampliando ese “sabor a mí” hacia una identidad más vasta.
Mi parte Autocuidadora aprendió a tomar su espacio; arropó a Juana de Arco, -que no era “Yo”, claro, sino “una parte de mí”-; le sirvió algo fresco ante el calor de sus propias llamas, la llevó a descansar y le dijo, susurrándole con afecto: “Estás dispuesta a inmolarte sólo por esto? A perder nuestra salud, nuestro tiempo, nuestra vida? Es tu destino el modificar el destino del otro para “salvarlo” y que no sufra lo que de todos modos se empeña en sufrir?”. Y mi Juana de Arco abrió los ojos grandotes: no se había dado cuenta! Y se cobijó, como una criatura, sobre esa nueva parte mía. Y lloró. Y dijo “No”. Y ese “No” le dio espacio a otras partes de mí que se habían chamuscado con tanto esfuerzo innecesario.

Hoy, mi Juana de Arco sabe que es solamente una parte de mí, y no “toda yo”. No la he “eliminado” de dentro mío, pues toda lucha contra cualquier parte de sí sólo puede tener por resultado pérdida y derrota. Se trata de adjudicarle una función sana a esas cualidades, para que nuestra identidad se equilibre y cada una tenga un espacio más funcional. Ahora mi Juana enciende su antorcha cuando ve una injusticia, y se ruboriza plena de fragor para ser puntual y concreta en lo que sí valga la pena incidir para cambiar. Luego, le pasa la antorcha a la Exploradora para que entre con ese fulgor a curiosas cavernas, o a la que ama iluminar cuando la oscuridad es tanta que da frío. O a la que enciende el fogón para que juntos cantemos “una que sepamos todos”.

Tomo un viejo texto que, desde el Taoísmo y el Confucionismo, ilustra esta noción: el “I-Ching”, -al que se le adjudican entre 3000 y 5000 años de antigüedad). El comentario del querido Richard Wilhelm, su principal traductor (amigo de Carl Jung) dice en una parte, citando al maestro chino Mong-Tsé:
“Para reconocer si alguien es capaz o incapaz, no hace falta observar ninguna otra cosa sino a qué parte de su naturaleza concede particular importancia. No debe perjudicarse lo importante en favor de lo nimio, ni perjudicar lo noble a favor de lo innoble. El que cultiva las partes nimias de su ser, es un hombre nimio. El que cultiva las partes nobles de su ser, es un hombre noble.”

© Virginia Gawel

Hagámoslo juntos

“¿Cuales son tus maneras de hacerlo?

Está bien: hagámoslo juntos. Respira llenando tu pecho, ve a los ojos sosteniendo la pulpa de tu mirada enjuagándose en los ojos del otro. Abre la boca y aprieta la lengua contra el dique de tus dientes para que la “T” resulte sonora y decidida. Ahora, uno, dos, tres: “TE AMO”.

Muy bien! Cálmate. Si ha sido arduo, cálmate. Y prepárate para el siguiente paso: deja señales de amor por donde vayas. Pequeños, inequívocos gestos de amor. Unas flores en el picaporte para que el otro se sorprenda al insertar la llave… un chocolate nuevo dentro de su taza preferida… un aroma a lavandas en la almohada… una breve nota con marcador en el espejo del baño matinal: “ERES IMPORTANTE PARA MÍ”.

Te aseguro: si cada uno de los 7.000 millones que habitamos este planeta hubiera recibido eso, nuestra época tendría una grandeza de la que aún carece. Cámbiala. Cambia nuestra época. Cámbiala hoy, a domicilio, con los tuyos. Tus convivientes, tus vecinos, tus compañeros de oficina, tus amigos. Mándale un mensaje a esa persona en la que estás pensando ahora (tú y yo ya sabemos quién es): “VALORO TU CAPACIDAD DE ASOMBRO Y TU NOBLEZA”.

Culturalmente, estamos más habilitados a ser bravucones, a insultar, a burlarnos, y no a ese acto de arrojo que implica dejar señales de amor.

Extrañas a aquellos que te las han dejado. Amas a los que te las dejan. Deja las tuyas: tu alma será añorada más allá de esta vida.”

Moral

“¿Qué se entiende por moral? 

Moral tiene todo el mundo: normas, valores, hábitos propios de una cultura concreta en un momento determinado de su Historia. No hay ser humano fuera de la cultura: si hay ser humano, hay cultura

Nacemos en una cultura que tiene dentro, además, la transmisión de un universo moral. ¿Qué hace un padre a su hijo? Le transmite valores, porque es natural. Los tres hombres que pasan delante del hombre herido en el texto de Lucas, tienen moral. Pero solamente uno da una respuesta ética. Compasiva. Lo interesante del asunto es que justamente el buen samaritano da la respuesta compasiva en contra de su moral. Si el samaritano hubiera sido fiel a los valores, a las normas, no hubiera sido compasivo. 

Hay una tensión en lo humano, entre la educación de a quién hay que ayudar y a quién no (lo moral) y lo ético. Ahora vivimos en tiempos de mucha moral y de muy poca ética. Nunca se habían hecho tantos códigos deontológicos como hasta ahora. Cuando yo era pequeño, creo que sólo lo tenían los médicos. Su juramento hipocrático. Hoy en día todo el mundo se ha rasgado las vestiduras: los futbolistas tienen código deontológico. Psicólogos, policías…

¿No es que estamos intentando tener asideros para no dejarnos sorprender por nuestras reacciones y por la propia vida?

Claro: es que la moral da seguridad, porque nos dice lo que debemos hacer. Que no se me interprete mal, porque en ningún caso quiero decir que tengamos que vivir sin moral: no hay ser humano que pueda prescindir de ella. Ahora bien, tampoco existe ser humano únicamente con moral. Entonces, sería un fanático. Alguien que, en nombre de un absoluto -cada uno el que quiera-, legitima -de las Cruzadas al Estado Islámico- determinadas prácticas crueles. El horror. Lo peor es cuando se mata en nombre de ese absoluto.

…Cuando el horror tiene una categoría moral.

Exactamente. Se habla mucho, por ejemplo, de los peligros del relativismo. Es posible que tenga sus peligros, pero debería hablarse también de lo peligroso de esos absolutismos: de la legitimación de los actos en un principio absoluto; sagrado, incontestable, inamovible.

Hay un filósofo judío que o sigo muy de cerca: Lévinas. Él distingue entre lo sagrado y lo santo y dice que cuidado con lo sagrado, porque es un principio legitimador. En cambio, la santidad es ocuparse del otro. Rompiendo, muchas veces, marcos morales. Dicho de otra manera, en una novela maravillosa, Vida y destino, donde también se cita a Lévinas, hay una frase que dice “yo no creo en el bien: creo en la bondad”. Dice el autor, Grossman, que en el nombre del bien se han construido campos de concentración. 

Avanzamos, retrocedemos, nos equivocamos, volvemos a intentarlo. 

“Vivimos tiempos de mucha moral y poca ética”. “Si por ser finitos no podemos renunciar a la moral, pues necesitamos puntos de referencia, también ser finitos implica que hemos de tomar decisiones aquí y ahora”.

“No hay más remedio que cuestionar a esa moral que hemos heredado y transgredirla con la respuesta singular al dolor y a la demanda del otro -concluye-, es decir, con la ética”.”

Joan-Carles Mèlich